Memorial San Angel

La muerte y las prácticas funerarias en el México Prehispánico.

¿En dónde está el camino para bajar al reino de los muertos, a dónde están los que ya no tienen cuerpo? ¿Hay una vida aún allá en esa región en la que de algún modo se existe?¿Tienen aún conciencia nuestros corazones? En cofre y caja esconde a los hombres y los envuelve en ropas el Dador de Vida ¿Es que allá los veré? ¿He de fijar los ojos en el rostro de mi madre y de mi padre? ¿Han de venir a darme ellos aún su canto y su palabra? ¡Yo los busco: nada está allí nos dejaron huérfanos en la tierra!

Cantares Mexicanos.

La explicación del inicio y del fin de la vida, es una búsqueda constante en todas las sociedades a lo largo de la historia. En el área de Mesoamérica, donde se desarrollaron importantes civilizaciones antes de la conquista española, la visión de la vida humana estaba orgánicamente ligada a la naturaleza y al cosmos. Las personas de aquella época, desde unos mil años antes de nuestra era, pensaban que la muerte era algo incomprensible. Entendieron que había fuerzas superiores de la naturaleza que determinan el ciclo de la vida  y eran muy respetadas. Al necesitar comer, las personas se vieron forzadas a matar a otros seres, al comer incorporaron la muerte a sus organismos, así su vida que dependía de la muerte tenía como consecuencia la muerte, por lo tanto, los seres superiores que no comían, eran eternos y eran dioses.

Para los mexicanos antiguos, la muerte significaba una dispersión de los componentes del cuerpo humano, cuya complejidad estaba formada por la materia corporal y otros elementos ligeros o entidades anímicas (almas) que viajaban hacia los dioses del cielo y el componente de la sangre a la que se atribuía una energía vital iba a alimentar a los dioses de la tierra. Las entidades anímicas como el teyolía, que radica en el corazón de la persona, al morir iba a morar al mundo de los muertos. Se creía que algunas personas recibían una fuerza divina en su corazón y estaban destinados a ser grandes artistas y se les llamaba los del “corazón endiosado”.

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Otra entidad anímica era el tonalli, que se aloja en la cabeza y marcaba el destino de la persona por el día de su nacimiento y era una fuerza que provenía del sol. Se introducía a los bebés al nacer y quedaban así vinculados al cosmos. El tonalli condicionaba su personalidad, comportamiento y su suerte. Al morir, se incineraba el cuerpo, pero se le cortaba el pelo para guardarlo junto con sus cenizas en una caja, pues se creía que estos objetos contenían el tonalli que permanecía en el mundo terrenal.

La otra entidad se llamaba el ihíyotl, que se encontraba en el hígado y al morir, esta entidad anímica quedaba vagando por el mundo terrestre, como un alma maligna o como fantasma, pues había sido el origen de las pasiones humanas buenas o malas. Se le atribuía ser la causa de muchas enfermedades, si una persona se topaba con el ihíyotl de alguien en algún lugar . 

Las tres entidades anímicas debían operar armónicamente en las personas, si se mantenían sanas física, mentalmente y procedían con rectitud moral. Diversos testimonios afirman que las personas que fallecían de muerte común, su teyolía iba al Mictlán. Los guerreros o caídos en combate, los sacrificados o las mujeres que morían en el primer parto, iban al Cielo del Sol. Los que fallecían por alguna causa relacionada con el agua, como el ahogamiento, iban al Tlalocan. Los bebés que morían antes del primer año iban al Chichihualcuauhco, que era representado en las pinturas de los códices, como un gran árbol del que colgaban mamas en vez de frutos de los que bebían los lactantes eternamente. En aquellos lugares eternos, las almas continuaban un trabajo de reactivación de la energía vital, no descansaban nunca ni en la eternidad. 


Chichihualcuauhco, Códice Vaticano A, F. 3V. Fotografía Marco Antonio Pacheco. RAÍCES

Cuando una persona moría, su teyolía se separaba del cuerpo cuatro días después de su muerte, por lo que los familiares no se apartaban durante ese tiempo. Mientras tanto se realizaban  los funerales de acuerdo a la jerarquía del fallecido o fallecida. Si se trataba de un tlatoani, gobernante o alto dignatario, se construía una tumba especial en algún templo, donde se preparaba el cuerpo con ofrendas y atuendos especiales como máscaras, pectorales con joyas preciosas, infinidad de ofrendas, al cadáver se le llenaba la boca con maíz, para que tuviera alimento en su viaje al otro mundo y se sacrificaba a las personas de sus servicio o esclavos para que lo acompañaran. Se conocen importantes tumbas de estas características en Oaxaca, Chiapas, Yucatán, Campeche, Quintana Roo y en el centro de México.


Máscara funeraria con colmillos y orejeras, Calakmul, Campeche. Foto Michel Zabé

Al morir un guerrero en batalla, se recuperaban sus restos para ser cremados y en caso de no recuperar el cadáver de alguien, la familia realizaba un pequeño muñeco de madera que representaba a su muerto, para ser incinerado en la pira ritual y así ayudarlo a llegar a su destino divino. Los parientes realizaban un proceso de duelo en el cual la mujeres lloraban o plañían de forma expresiva durante 80 días y sus lágrimas se mezclaban con las cenizas del difunto para colocar estos restos cerca del hogar del fallecido.


Plañideras, Códice Florentino, libro I, f. 32v.

La mujeres que morían en el primer parto eran sagradas, algunos  fragmentos de sus cuerpos se guardaban como reliquias pues se consideraban portadores de una energía poderosa que servía a los guerreros en las batallas, luego se incineraban sus cuerpos y se decía que su teyolía viajaba al Cielo del Sol y se convertían en diosas, existen esculturas que representan este tránsito de las mujeres en diosas llamadas Cihuateteo.


Cihuateteos, El Zapotal y El Cocuite, Veracruz. Fotografía Marco Antonio Pacheco. Mictlantecutli, dios de la muerte. El Zapotal, Veracruz

Una de las costumbres más polémicas y que causaron gran sorpresa a los conquistadores, fue la práctica de los sacrificios humanos. Para los antiguos mexicanos, estas prácticas fueron una manera extraordinaria de utilizar la muerte ritual para mantener la vida y prolongarla después de la muerte. Los antiguos mexicanos, entendieron que el cosmos, el devenir del tiempo y los ciclos de vida debían renovarse cada 52 años y eran controlados por fuerzas divinas que requerían del alimento ritual que se encuentra en las entidades anímicas del cuerpo humano y según el Dr. Miguel León Portilla; este ofrecimiento redime a los humanos de su destrucción cósmica. A diario las personas realizaban pequeños sacrificios personales, se hacían incisiones en los brazos, genitales o en las orejas, esa sangre se ofrecía a los dioses de las fuerzas de la naturaleza. Es sabido que se aprehendieron esclavos o prisioneros de guerra cuyos corazones dejaron satisfechos a los dioses y hasta hoy no se ha interrumpido el tiempo, el sol del alba surge poderoso y lleno de energía, según decían, gracias a estos rituales.

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Roll out del vaso que representa el sacrificio ritual de un cautivo, Río Azul, Guatemala.. Fotografía Julian Kerr

Los mexicanos antiguos tuvieron la necesidad vital de conocer la muerte y entendieron que no era algo definitivo, gracias a la profunda observación de la naturaleza propia y de la que los rodeaba. Es necesario conocer la historia nacional para entender quiénes somos y definir nuestra identidad, cualquiera que sea nuestro origen; es por eso que traemos este interesante tema que nos permite enriquecer nuestra cosmovisión con conceptos propios a nuestra herencia cultural que nos muestran que todo es cíclico y que estos tiempos, por aciagos que sean, no serán eternos, que a cada noche oscura le sigue un día luminoso… también queremos imaginar que de todos los fallecidos de Covid19, muchos que han sido seres amados que estarán en el Cielo del Sol, por haber muerto en una heroica batalla luchando contra la enfermedad y salvando vidas. Te recordamos que en Memorial San Ángel, estamos contigo hasta el final.

Imagen: Mictlantecutli, dios de la muerte. El Zapotal, Veracruz.

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