Memorial San Angel

Mujeres, artistas, monjas coronadas y muertes virtuosas.

La parca fiera que en seguirme da

quiso asentar por triunfo el mortal pie

Y que por esa enfermedad estuve muy cerca de morir:

Para cortar el hilo que no hiló la tijera mortal abierta vi.

Sor Juana Inés de la Cruz. Soneto, S. XVII

La vida cotidiana durante el Virreinato en México (S.XVI-XIX), estaba inundada de religiosidad. La fe católica regía los pensamientos y las leyes de todo orden. Las personas asociaban todos los acontecimientos a los designios divinos. La grandeza de las ciudades se medía por la cantidad de conventos y templos que se construían dentro de ella. Llevar una vida llena de virtudes y seguir el camino ejemplar de los santos era una aspiración social general. También era un mundo dominado por los hombres con muy pocas oportunidades para las mujeres. Casi todas las profesiones estaban destinadas a los hombres y prohibidas para ellas, sin embargo, dentro de los conventos, las féminas de aquella época encontraron una oportunidad de estudiar y ser reconocidas al convertirse en religiosas o monjas. 

Las órdenes religiosas de mujeres surgieron casi a la par de las de hombres y durante la colonización de América, se fundaron muchos conventos y se reprodujeron muchas órdenes bajo diversas advocaciones de Cristo, la Virgen María y los santos. Los conventos de monjas resolvieron un problema demográfico para evitar que las mujeres sin derechos profesionales, se dedicaran a la prostitución y también fueron el refugio de huérfanas, solteras y  viudas. Una gran cantidad de mujeres jóvenes optaron por la vida religiosa en vez de casarse en matrimonios arreglados por las familias, los cuales eran la mayoría. 

Las que ingresaban al convento, debían seguir una vida regida por medidas estrictas de comportamiento. Ingresaban siendo casi niñas y no salían nunca más ni muertas, pues eran sepultadas en las mismas instalaciones de los conventos. La vida al interior exigía tres principios fundamentales, también llamados votos: la pobreza, la obediencia y la castidad. 

Las que ingresaban al convento, debían seguir una vida regida por medidas estrictas de comportamiento. Ingresaban siendo casi niñas y no salían nunca más ni muertas. Clic para tuitear

Después de un periodo de preparación o noviciado, al ingresar al convento las nuevas religiosas vestían un traje especial y diversos atributos como una corona de flores de exquisita manufactura, llevaban una palma decorada en la mano, además de los hábitos propios de la orden a la que ingresaban. La corona de flores era un símbolo de las virtudes de la mujer que profesaba como monja y comenzó a usarse en recuerdo de la visión que Santa Rosa de Lima, primera santa americana, que se ostenta que tuvo cuando Jesús se le apareció durante una meditación, la llamó “esposa” y le entregó una corona de rosas para que gozara de su compañía eterna, con ese ejemplo, todas las monjas se convertían en “esposas de Jesús” en un sentido místico. También llevaban una palma como símbolo de su castidad. Desde que ingresaban al convento modificaban su nombre en homenaje a una religiosa ejemplar o en atributo a la Virgen o algún santo y su nombre llevaba el prefijo “Sor”, que proviene del latín soror o hermana.

Desde que ingresaban al convento modificaban su nombre en homenaje a una religiosa ejemplar o en atributo a la Virgen o algún santo y su nombre llevaba el prefijo “Sor”, que proviene del latín soror o hermana. Clic para tuitear

 Existen abundantes pinturas que describen la apariencia que tenían las monjas al profesar y se les han llamado comúnmente, retratos de monjas coronadas. En ellos podemos ver los suntuosos hábitos y todos los elementos que llevaban en aquella ceremonia inicial de ingreso a la vida conventual. Usaban anillos que representan el desposorio místico, aparecen pequeñas esculturas de ángeles o del niño dios y el velo negro como símbolo de los votos prepetuos. Un elemento importante que aparece en estas pinturas son las cartelas de información biográfica de las religiosas. Son retratos realistas con la influencia o la manera de pintar del arte español de la época, donde se describen los elementos con gran detalle, en especial las flores, como si se tratase de estudios de naturalismo. Las coronas se hacían con complejas estructuras de metal que eran profusamente decoradas a veces con aplicaciones de plata repujada y joyas, en las que destacan dos tipos de flores, las rosas que son símbolo del martirio de los santos y las azucenas blancas símbolo de la pureza. 

Anónimo, Monja concepcionista, óleo sobre tela, S.XVIII, Col. Museo Nacional del Virreinato

La clausura de las monjas impedía su contacto con el exterior y los pintores realizaban estos retratos a través de las rejas del coro bajo alumbrados por velas. El coro es un espacio arquitectónico propio de los templos de conventos de monjas a través del cual tenían el único contacto con personas y desde donde escuchaban misa, realizaban cánticos litúrgicos y asistían a los funerales de las hermanas del convento. Los retratos de monjas coronadas se hicieron para conmemorar dos momentos de sus vidas: la profesión y la muerte. Al profesar, una religiosa aceptaba los votos perpetuos y moría para el mundo exterior. Al fallecer, una religiosa volvía a portar la corona de flores para consumar el matrimonio místico con su esposo Jesús al que se había consagrado. En excavaciones arqueológicas de los antiguos conventos virreinales, se han encontrado las estructuras metálicas de las coronas en cabezas de los restos de las monjas fallecidas y así es posible saber las costumbres funerarias de estos conventos. Las monjas diversas se enterraban en los patios y las más destacadas como las prioras o directoras de conventos, se sepultaban dentro de los templos en los coro bajos. Estas monjas célebres también merecieron ser retratadas en la versión de los retratos de monjas coronadas muertas.

Anónimo, Sor Matiana Francisca del Señor San José, óleo sobre tela, S. XVIII, Col. Museo Nacional del Virreinato

La vida de misticismo de una religiosa era al mismo tiempo la causa de su muerte. Además de infinidad de actividades domésticas y prácticas religiosas, muchas monjas siguiendo los ejemplos de las santas, acudían al martirio y se sometían a castigos corporales como la autoflagelación, la imposición de cinturones o chalecos con púas o espinas que les cercenaba el cuerpo permanentemente, con el propósito de castigarse, evitar la concupiscencia de la carne y mantener el voto de castidad. También hacían ayunos extremos y comían cosas en descomposición. Estas costumbres les ocasionaron acercamientos con Dios como expresaban, pues sufrían desmayos y en esos estados de inconsciencia afirmaban tener visiones o mensajes divinos. También les provocaba muchos problemas de salud, infecciones de la piel y adquisición de enfermedades por la mala alimentación. La regla del convento obligaba a las mujeres a dormir vestidas con el hábito de su orden sin cambiarse o bañarse, además de otras faltas de higiene, la vida dentro de los conventos era insalubre. Cuando una monja adquiría una enfermedad o infección tenía pocas posibilidades de sanar, el promedio de vida de las religiosas era de 50 años. Se podía recibir la visita de un doctor, pero los avances médicos eran limitados y paliativos.

 

La vida de misticismo de una religiosa era al mismo tiempo la causa de su muerte. Además de las actividades domésticas y prácticas religiosas, muchas monjas siguiendo los ejemplos de las santas, acudían al martirio y se sometían a… Clic para tuitear

Las monjas moribundas mostraban actitudes ejemplares, insistían en escuchar misa hasta fallecer, rezar, recibir la comunión y tomar como penitencia los dolores de la enfermedad terminal, por sus pecados previos a su vida en el convento, Al morir, una religiosa se tenía que preparar dignamente para encontrarse con Dios. El cuerpo de la monja fallecida no se tocaba por tres horas y después de ser ataviada y coronada se le llevaba al coro bajo para tener su funeral por varios días y recibir la visita de los familiares. Se sabe de algunas religiosas cuyos cuerpos no tuvieron la descomposición normal pues despedían un olor suave, según los relatos, “un olor de santidad”. Se les rodeaba de margaritas, nubes blancas y claveles que significaban su entrada al paraíso y se las llevaba en procesión con oraciones y cánticos a su sepulcro. Las personas que asistían al funeral quedaban admiradas cuando conocían la vida llena de virtudes de la religiosa a la que consideraban una santa y pedían alguna cosa que perteneciera a ella, como un fragmento de su hábito y en ocasiones se regalaban pequeños fragmentos de su cuerpo como reliquias consideradas milagrosas o de buena fortuna.

El cuerpo de la monja fallecida no se tocaba por tres horas y después de ser ataviada y coronada se le llevaba al coro bajo para tener su funeral por varios días y recibir la visita de los familiares. Clic para tuitear

Es lógico pensar que muchas mujeres no ingresaban a los conventos por verdadera vocación religiosa, sino por resolver su destino y ese pudiera ser el caso de Sor Juana Inés de la Cruz que al tener una sobresaliente inteligencia le fue prohibido el ingreso a la educación escolar, pero encontró una oportunidad de estudiar. Ingresó en el convento de San Jerónimo de la Ciudad de México donde encontró la tolerancia suficiente para  desarrollar su vocación literaria y cumplir sus obligaciones como religiosa; pero el talento de esta mujer excepcional en la historia del mundo trascendió los muros del convento, pues sus inquietudes intelectuales, la llevaron a escribir miles de poemas, sonetos de complejas estructuras gramaticales, novelas y  obras de teatro. Además, sus estudios musicales fueron muy avanzados, fue ejecutante de varios instrumentos y compuso un tratado llamado Caracol que rechazaba las teorías sobre la armonía que imperaban en la música virreinal. Las virtudes de Sor Juana, desafiaron al imperativo mundo masculino que se sentía tranquilo mientras las mujeres pensantes permanecieran confinadas en los conventos. 

Sor Juana murió en el confinamiento y como coincidencia con el mundo actual, la causa de su muerte fue la peste que azotó a la Ciudad de México en 1695 y que los muros del convento no pudieron contener. Sor Juana se dedicó a asistir a sus hermanas enfermas cuando finalmente se contagió. No existe un cuadro de monja coronada muerta de Sor Juana, pero se conoce el cuadro póstumo que realizó Miguel Cabrera hacia 1750. La pintura es un ejercicio de imaginación con base en otros retratos sobre los rasgos de la monja de sobresaliente belleza y en medio de su celda o estudio lleno de libros y escritos. El pintor nunca hubiera podido entrar al convento para retratarla en vida, debido a las prohibiciones del claustro. Sor Juana fue sepultada como sus hermanas en el convento donde vivió.

Miguel Cabrera, Retrato de Sor Juana Inés de la Cruz, óleo sobre tela, ca.1750, Col. Museo Nacional de Historia.

La vida de Sor Juana Inés de la Cruz sigue inspirando a las mujeres del mundo cuatro siglos después; tal es el caso de la artista Rita Guerrero que al concluir su carrera como cantante de la banda de rock Santa Sabina, se interesó por completo en estudios de música virreinal y en especial de la música que rodeaba el mundo de Son Juana. Ingresó como maestra de música al ex-convento donde vivió la eminente religiosa, hoy convertido en Universidad del Claustro de Sor Juana y 2005 fundó el coro de la institución, donde se distinguió por rescatar partituras, el uso de instrumentos antiguos, realizar montajes escénicos y con el privilegio de su voz de registro soprano, creó un grupo de cámara llamado Ensamble Galileo, que lo mismo que el coro, produjeron varios discos.

Rita Guerrero. Salvador Bonilla / rollingstone.com.mx

El talento de Rita Guerrero y su vida llena de virtudes artísticas se vieron interrumpidos por un devastador cáncer de mama y murió en 2011 a los 47 años, la misma edad en la que Sor Juana falleció. En un justo homenaje, el funeral de Rita Guerrero se llevó a cabo en el templo del ex-convento, cerca de donde se encuentran los restos de la también llamada Décima Musa. Fue una ceremonia llena de flores y atributos como los de aquellas religiosas. 

Funeral Rita Guerrero, marzo 2011. Misael Valtierra / cuartoscuro.com

En Memorial San Ángel hablamos de prevención y la salud femenina es un tema sobre el queremos llamar la atención a propósito de las historias que contamos. La muerte prematura de aquellas monjas de clausura, deja un limitado conocimiento sobre las diversas causas de su fallecimiento; sin embargo, hoy en día el cáncer de mama sigue cobrando la vida de 10 a 12 mujeres al año y hasta 2019 ha sido la primera causa de muerte en México en el rango de 30 a 59 años. El mes de Octubre se ha establecido como el mes de la sensibilización mundial sobre esta enfermedad de la que se tienen insuficientes conocimientos sobre sus causas, pero la detección oportuna eleva las posibilidades de curación total. No importa si es en el décimo, onceavo o en el mes del cumpleaños, las revisiones de diagnóstico de salud son un signo de amor propio y a los seres queridos, por favor, realizalas.

Hablar sobre lo que nos interesa y nos  preocupa es para recordarte que estamos contigo hasta el final.

Imagen: José de Alcíbar, Retrato de una monja, óleo sobre tela, S.XVIII, Col. Museo Nacional de Historia.

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